febrero 06, 2010

Los niños-soldados de 1879

Con la ilusión de tener grandes aventuras, recibir alguna paga o por el simple orgullo de defender al país, cerca de 500 niños se enrolaron en el ejército chileno para luchar en la Guerra del Pacífico. Abandonaron sus hogares, dejaron sus colegios y marcharon al norte cargando tambores y cornetas. En el fragor del combate dispararon y murieron. Algunos tenían apenas 10 años. Son los niños olvidados del 79.

El 23 de junio de 1879 Valparaíso era un carnaval. Enormes multitudes, sin discriminación de clases ni edades, esperaban con ansias el arribo de la Covadonga que acababa de derrotar al acorazado peruano Independencia. Cuando el capitán Carlos Condell junto a su tripulación pisaron tierra firme el júbilo de la población era indescriptible. Los hombres que habían partido como simples mortales fueron recibidos como divinidades.

En el muelle, asomando su cabeza entre la multitud, un niño de mirada ávida, observa el episodio. Se llamaba Arturo Benavides y apenas tenía 14 años.

"La emoción que experimenté no la sé describir, creí que llegaba un semidios. En ese instante resolví ser soldado, aún contrariando a mi padre, a quien tanto respetaba, y a mi madre a quien amaba con veneración", escribió años más tarde en sus memorias.

Fue así como Arturo Benavides abandonó el primer año de humanidades en la escuela superior de Valparaíso y se alistó en el Batallón Lautaro. Su padre tuvo que resignarse. Antes que su vástago se marchara le advirtió: "espero que cumplas siempre con tu deber, aunque te cueste la vida". Benavides tuvo suerte. Seis años más tarde regresó a Valparaíso y se transformó, a sus cortos 20 años, en un veterano más de la Guerra del Pacífico.

Como Benavides, muchos otros niños terminaron por enrolarse en las filas del Ejército. La efervescencia patriótica de aquellos años, estimulada por pregoneros de plazas públicas que narraban los acontecimientos de la guerra, insuflaba sueños de aventura y heroísmo. "Cuando se declaró la guerra al Perú y Bolivia el entusiasmo fue desbordante. Los alumnos del liceo y la escuela superior corríamos en grupo de la intendencia a los cuarteles", recuerda Benavides en su libro "Seis años de vacaciones".

Algunos muchachos, que no contaban con el permiso de sus padres, optaban por fugarse. "De la manera más sencilla del mundo, llegan a bordo como quien va a despedirse de sus camaradas, se mezclan en la apiñada tropa y se calan el uniforme militar de repuesto que lleva el soldado", narra Justo Rosales en "Mi campaña al Perú".

Un caso de esos fue Emilio Quintana, tambor del Batallón Caupolicán de apenas 12 años, que se enroló en 1880 sin el consentimiento de sus padres. Éstos recurrieron a las autoridades para exigir el retorno de su hijo. El Ejército optó por devolverlo.

La instrucción cívico-militar impartida en las escuelas tuvo un rol importante en el alistamiento de los pequeños soldados. Jugar a la guerra, en aquella época, era una práctica habitual en los establecimientos escolares. Arturo Benavides recuerda que en el colegio "tenía organizada una compañía de infantería, un sargento del regimiento de Marina era instructor militar... a modo de verdadera arma usábamos un riflecito de madera y como uniforme una gorra especial". Para la historiadora Deborah Rosende esta instrucción intentaba "crear un espíritu de responsabilidad respecto a la amenaza bélica, que permitió a los niños, no sólo soñar con la aventura del combate, sino que además los incentivó a que fuese su sistema de vida por siempre", asegura.

Por otra parte, la ley los acogía en el camino de las armas. Entre los 10 y 16 años podían enrolarse en las bandas de guerra, que acompañaban a las unidades en el frente de combate. Y después de los 16 podían cambiar el tambor por el fusil. Por supuesto, al disparar al enemigo no distinguía edades. Y debido al apremio bélico, muchos niños terminaron empuñando las armas con el mismo fervor que utilizaba los "riflecitos de madera" en el colegio.

Francotiradores y polizones

Al momento de la despedida muchos padres no se resignaron a que sus retoños emprendieran solos tamaña aventura y se enrolaron. Los progenitores de Marcos Ibarra tomaron esta opción. "Don Juan fue contratado por cinco años y doña Tomasa Díaz, la madre, viaja desempeñando el trabajo de lavandera", relata Víctor Köner en "Diario de campaña de un cirujano de ambulancia".

También hubo historias a la inversa, de hijos que seguían al padre a la batalla, como el caso de Manuel Baquedano. En los albores de la Guerra contra la Confederación Perú-Boliviana en 1838, se embarcó de polizón a los 14 años en el transporte "La Hermosa Chilena" siguiendo a su padre. Cuatro días después del zarpe fue descubierto y, desde entonces, enrolado en calidad de mascota.

Para muchos niños, y no pocos adultos, la guerra pudo haber significado algo más que un delirio patriótico. El dinero que recibía la tropa era poco y llegaba irregularmente, pero era más de lo que muchos ganaban como civiles.

Es innegable que la condición económica de los reclutados no era de las mejores, por lo que es posible que muchos de ellos se enrolaran por el interés de obtener un empleo con un sueldo medianamente decente que les permitiera subsistir a ellos y a sus familias en caso de muerte, afirma el historiador David Hume.

Puesto ya en el frente de guerra, no había distingos de edades y los niños pertenecientes a las bandas militares estaban expuestos constantemente al fuego enemigo. Su labor, según la historiadora Deborah Rosende, consistía en "alimentar el espíritu patriótico de los soldados y comunicar, bajo un sistema de señales y toques de guerra todo tipo de instrucciones militares". Para Marcelo Villalba, Director del Museo Virtual sobre la Guerra del Pacífico, "las opiniones de la época coinciden en que a los adultos les costaba alrededor de seis meses acostumbrarse a los sonidos de los toques de corneta, en cambio, los niños en poco más de dos semanas dominaban a la perfección los instrumentos".

Las primeras actividades bélicas en que se ven involucrados niños fueron los combates navales de Iquique y Punta Gruesa. Gaspar Cabrales, el corneta del regimiento de artillería de marina, fue una de las primeras víctimas documentadas. Junto a él murieron en la Esmeralda 30 grumetes, todos menores de 16 años. Entre ellos José Amigo, un pequeños de escasos 10 años, oriundo de San Javier de Loncomilla. También falleció en aquella gesta Gregorio Araya Aburto, quien ingresó a la Armada a la edad de 11 años y murió con apenas 16. Según los registros de ingreso a la institución, revelado por un estudio de Diego Grandón, el niño Araya "medía 1,37 mts de estatura, tenía el pelo negro, los ojos pardos, la nariz chata, los labios gruesos y las orejas de tamaño regular". Un retrato que hasta la fecha solo se conserva en papel impreso.

Arturo Olid, en tanto, tuvo mejor suerte pues sobrevivió al combate naval de Iquique. A los 13 años había abandonado sus estudios embarcándose en la goleta Covadonga como "aprendiz mecánico, a ración y sin sueldo". En el libro "Crónicas de Guerra", sus memorias póstumas, relata sus añoranzas de niño combatiente. "Cuando recordaba en medio de aquel caos guerrero la mansa y silenciosa tranquilidad de mi hogar... hubiera deseado volver al colegio".

Juan Bravo, compañero de Arturo Olid, se enroló en la Marina a los 12 años. Dos años después formaba parte de la Covadonga transformándose en uno de los héroes más precoces de la patria. Su participación en la batalla de Punta Gruesa fue decisiva. "Bravo debió haber sido el primer francotirador chileno. Aquella vez trepó hasta uno de los mástiles del barco y con certeros disparos empezó a eliminar a los servidores del cañón principal del buque enemigo hasta que nadie más se atrevió a utilizarlo. El comandante de la nave estaba tan exasperado que encalló la embarcación en unos roqueríos", asegura Marcelo Villalba.

Otro caso emblemático es el de Luis Cruz Martínez quien se enroló en el Batallón Curicó con sólo 14 años. Era tan esmirriado y bajo de estatura que apenas se podía el fusil. De ahí que sus camaradas de armas lo bautizaran como "el cabo tachuela". Nadie imaginaba que un año más tarde, en julio de 1882, su nombre ganaría fama tras la masacre ocurrida en el pueblo de La Concepción. Luego de más de 24 horas de resistencia, quedaron sólo 5 hombres vivos del destacamento chileno compuesto por 77 soldados. Entre ellos Cruz Martínez. El 10 de julio de aquel año, a las 9 de la mañana, perecieron los últimos sobrevivientes y junto a ellos, un niño de cinco años y un recién nacido. Sus cuerpos fueron mutilados y ensartados en picas.

Los relatos acerca de la participación de niños en la guerra fueron consignados por soldados mayores que apuntaban en sus bitácoras o en simples partes militares. Pascual Ahumada en su libro "Guerra del Pacífico" da cuenta de estos informes. En uno de ellos un oficial describe el ímpetu de un pequeño combatiente: "Un morenito de menos de 12 años, tambor de órdenes... replicó casi lloroso de despecho 'que no se le había dado arma alguna' e instantáneamente le vimos forcejeando con un paisano para quitarle el rifle... y una vez que consiguió arrebatarle y obtener con amenazas sus municiones, le vimos dirigirse al lugar en que evidentemente seguía combatiendo su batallón".

En otro parte de guerra, un oficial de apellido Barrientos destaca la certera puntería de un niño: "El grumete José Sepúlveda de 12 años de edad derribó a dos soldados enemigos... No puede exigirse mayor coraje, audacia y serenidad".

Desde tiempos de los espartanos hasta nuestros días los niños han engrosado el contingente de las milicias. Hasta el año 2006, según Naciones Unidas, alrededor de 300 mil menores eran reclutados, por voluntad o a la fuerza, para participar en algún conflicto bélico.

Durante la Guerra del Pacífico Chile movilizó un contingente de 70 mil soldados en sus filas. Según Enrique Cáceres Cuadra, historiador militar, si por cada batallón había al menos 10 niños pertenecientes a las bandas, el ejército chileno debe haber contado al menos con 500 menores. Una estadística que, hasta la fecha, no muchos historiadores se atreven a ratificar.

Fuente. Claudio Pizarro, The Clinic, octubre 2007
"Un intelectual que no comprende lo que pasa en su tiempo y en su país es una contradicción andante; y el que comprendiendo no actúa, tendrá un lugar en la antología del llanto, no en la historia viva de su tierra." Rodolfo Walsh (1927-1977), periodista, víctima de la dictadura militar argentina

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